miércoles, 16 de diciembre de 2009

DIATRIBA A LA TELENOVELA




La ociosidad es la madre de todos los vicios, las telenovelas, el vicio de todas las madres”.

ANÓNIMO


“Me voy a ver la telenovela”, solía decir mi mamá cuando estábamos a la mitad de algo importante como una conversación, cena familiar o chisme. Por lo general, siempre hay una telenovela (o desgraciadamente muchas) en medio de una familia y por supuesto en la cabeza de toda ama de casa que se respete. Está presente al desayuno, almuerzo y comida; parece imposible librarse de su influjo maligno en nuestros hogares.

¿Cómo no odiar a las telenovelas?, cuando han dejado una conversación importante a medio camino; el teléfono sonar insistentemente; al esposo parado en el umbral de la puerta a la espera de que “alguien” le deje entrar… Como no, cuando han forjado una falsa realidad en nuestras mentes (en especial la femenina) y nos atormentan día a día con sus dramas tremendamente repetitivos.

Aquellos “dramas” televisados tienen el mérito de sacar a su fiel público, tiempo de donde no hay, sentimientos de todo tipo y arrancar una que otra lágrima, con sus frases inolvidables: “No quiero volver a verte”, “¡Juro que te vas a arrepentir!”, “¡Te amé, desde el primer momento que te vi!”… Por supuesto no le pueden hacer falta sus protagonistas sufridas, envueltas en un amor imposible (¡Cuando no!); la “bruja” de la historia, encargada de inventar las intrigas; tramas familiares ridículas: “Alejandro, ese hombre que tanto odias, es tu verdadero padre”… En fin, historias inocentes que pueden sacar de quicio a cualquier persona que tenga un poco de sentido común y pueda discernir más allá de lo evidente. Historias “inocentes” que han deformado la realidad y el concepto de amor, relaciones y superación.

Para un público mayoritariamente femenino, estos dramas televisados se convierten en una ventana al mundo. La historia arquetípica de la telenovela ha arraigado en millones de mujeres (amas de casa y desocupadas) conceptos errados sobre el amor, la vida y la realidad. Gracias a las telenovelas (producto también de la televisión canguro) muchas mujeres fuimos víctimas de la premisa “la vida es una telenovela”, aprendiendo a pensar y a creer en soluciones mágicas, hombres maravillosos (el príncipe azul), golpes de suerte inesperados y una vida mejor sin mucho esfuerzo más que el llorar por todo y ser muy bonita.

A pesar de explotar la más superficial de nuestra condición, las benditas telenovelas y sus repetidas (hasta el cansancio) historias de amor, parecen no tener fin. Están más vivas que nunca en la televisión, carteles publicitarios, radio, prensa; en boca del vecino, amigo o familiar… Demostrando que sí es posible sacar un producto estable, aunque carente de ideas nuevas y argumentos y mantenerlo en la cima por mucho tiempo, adaptándose a las dinámicas actuales de gustos, modas y preferencias o imponiendo (en algunos casos de manera desastrosa) nuevas tendencias. Un producto con el poder de establecer conceptos, captar masivamente la atención de un público y distraerlo de cuestiones muchísimo más relevantes. Dramas que parecen más a un cuento de hadas moderno, con escenas candentes, violencia, tonterías y lágrimas derramadas sin sentido.

El pasar del tiempo sólo ha hecho que el “producto” televisado, favorito de las amas de casa se degrade cada vez más. No les basta solamente con sus historias arquetípicas de siempre, sino que ahora, en calidad de tiempos de la silicona y nada de materia gris, han reemplazado a luminarias de la actuación como Teresa Gutiérrez y Delfina Guido (por nombrar algunas actrices), quienes otorgaban un poco mas de dignidad a los culebrones, con sus excelentes interpretaciones, por estrellitas fugaces salidas de “Realitys Shows”, modelitos y reinas que saben más de astrofísica que de actuación.

La telenovela es hoy el reflejo del facilismo, inocentada y estupideces que siguen propagándose como pólvora en todos nuestros hogares. Son las cortinas que enceguecen la mente femenina en muchos rincones del mundo, además, enfrentada desde su más tierna infancia a las historias televisadas, que hacen las veces de padres y maestros de la vida. A reflejar su vida en los ejemplos más absurdos y creer sinceramente que “la vida es una telenovela”, enseñándoles a creer en “milagros inesperados”, “príncipes azules modernos que hoy viajan en muranos”… No faltará quién por ahí se crea la versión real de “Yo soy Betty La Fea”, o la luchadora y atrevida “Gaviota” de la muy popular “Café con Aroma de Mujer”, y ¿Por qué no? Algún hombre que quiera ser tan guapo y varonil como el “Calixto Salguero” de la telenovela “Las Juanas”. Nada de extraño (pues ni los hombres salen también librados).

De todo hay en el mundo y de la gran viña que son las repetidas telenovelas, seguirán bebiendo muchas amas de casa desesperadas, quienes verán en ellas un medio de escape a sus circunstancias; todo lo que soñaron y no pudieron ser, el hombre maravilloso que hubieran querido tener; el reconocimiento y la aventura. Todas esas cosas y demás que seguirán aumentando el rating de dichas historias. Así que el tormento de las telenovelas nos perseguirá en nuestros hogares, hasta el final de nuestros días.





EL MAL QUE NUNCA SE VA


De lo que tengo miedo es de tu miedo”
William Shakespeare


Hay sucesos perturbadores en la vida de un ser humano que pueden dejar una huella imborrable, aún con el paso del tiempo. De una pequeña gama de “horrores” que viví en mi infancia, uno en especial me lo recuerdan todos los días los noticieros, las portadas de la prensa amarillista y una que otra voz, siendo inevitable traer al presente ese suceso.

Recuerdo como si fuera ayer, un martes al mediodía después de salir del colegio en compañía de Luz Dary, como nos dirigimos al paradero de buses a esperar la ruta de regreso a casa. Justamente enfrente del lugar donde nos encontrábamos, pasando la carretera, se encontraba una tienda de abarrotes atendida por una mujer algo gorda que estaba detrás del mostrador; del otro lado estaba un hombre joven, de contextura gruesa y que vestía una camisilla y pantaloneta. Sostenía en su mano izquierda una cerveza, mientras con el brazo derecho se apoyaba a un tarro lleno de traperos y escobas. Parecían conversar y reírse a gusto. Yo observaba curiosamente la escena, como si se tratara de una telenovela.

En ese mediodía caluroso de risitas, armonía y cerveza aparece en cuestión de segundos, como salido de una secuencia de película de terror un hombre joven, muy delgado y sin camisa, quién corre frenéticamente en dirección a la tienda de abarrotes. Se detiene justo enfrente del hombre de la cerveza, desde la parte de afuera de la tienda y le descarga dos tiros en la cabeza. Inmediatamente después a la misma velocidad de las balas, sale corriendo y se escabulle por la siguiente cuadra. No recuerdo muy bien que sentí en ese momento. Algo seguro es que no era miedo sino otra cosa que me impulsaba a acercarme. Mi curiosidad infantil era más grande que todas las amenazas y advertencias de Luz Dary, así que decididamente, sin que ella pudiera evitarlo, crucé la carretera rumbo a la tienda de abarrotes. Fui la primera en llegar y ver aquella típica escena que se aprecia en todo su esplendor en la primera plana de un diario amarillista: hombre tirado sobre un charco de sangre, con un agujero enorme en la cabeza; los pedazos de la botella de cerveza desparramados sobre el occiso; mujer del mostrador gritando como una histérica ¡lo mataron!, ¡lo mataron!

Aquel suceso del cual las circunstancias cotidianas me hicieron testigo accidental, fue el comienzo de noches de insomnio, pesadillas, imágenes repetidas del muerto y peor aún, del asesino. Por mucho tiempo creí ver rondando cerca del colegio al hombre sin camisa, que me buscaba para hacerme lo mismo que a aquel hombre de la tienda de abarrotes. Creo que nunca había sentido tanto miedo, al sentirme perseguida por alguien que al mínimo descuido descargaría sin problema su ira y sus balas contra mí. El miedo al homicidio, a los jóvenes de piel cobriza, altos y sin camisa que me remiten inmediatamente a la figura del asesino; el miedo a ver morir de esa forma a un ser amado; el miedo a volver a vivir esa situación.

A la edad de ocho años aprendí a ver el mundo con otros ojos. El lado extremadamente cruel que no había visto en los dibujitos animados ni en las películas de Disney. El horror de ese día se llevó una parte importante de mi infancia; me hundió en depresiones que sólo seguirían acentuándose con el paso del tiempo, pese a todos los esfuerzos maternos por consolarme. Tardé mucho tiempo en comprender algunas cosas, como por ejemplo que era “normal” que mucha gente muriera así y que esas escenas se repitieran a diario en todo el mundo; según mi papá, muchas de las personas que encontraban el final de sus vidas de esa manera, no eran correctas y por “pícaras” era la muerte que les tocaba. Al final, terminaría por acostumbrarme a los homicidios que salen como noticias de primera plana en la prensa amarilla, en los noticieros, en las voces de la gente en la las esquinas de los barrios…

Lo bello de la infancia es que hay cosas que se olvidan o se ignoran fácilmente, para no sufrir como los adultos. En un par de meses yo me sentía mejor, no como antes, pero me recobraba poco a poco. Así que seguí creciendo y viviendo otras cosas que ocuparon mi atención, pero aún así, el monstruo al cual abrí la puerta de mi corazón cuando tenía ocho años, aquel martes al mediodía, aún está aquí, a veces dormido y otras veces alerta para perturbarme. El miedo escondido que aflora en la forma de homicidio. Me he habituado a ese miedo; he aprendido a vivir con él; lo que no he aprendido es a controlarlo, es algo crónico, un mal que nunca se va.

Aunque me pregunto: ¿Que pasaría hoy en día si volviera a vivir una situación similar? Ya no soy una niña que puede dejar atrás con una muñeca, halago o abrazo algo tan perturbador. Pero soy una adulta que ya está en la obligación de luchar contra el miedo y las adversidades de la vida. Que no se puede negar o encerrarse de por vida, por el temor de enfrentar algo que la asusta.

Si pudiera cambiar algo, no sería el temor que vive conmigo, sino aquel martes, en que mi curiosidad infantil, le abrió las puertas al horror, el delirio de persecución y esas imágenes de muerte y homicidio en las cuales veo a muchos seres amados y a mí misma.

BAGATELA SOBRE LA INFANCIA


Evocación de la infancia


“Nos hacemos hombres, nos hacemos viejos, maduramos principal y casi exclusivamente para mentir, para disimular, para fingir acerca del amor, de la amistad, del aprecio…”

Hernando Téllez
(Bagatela de la infancia)

Escritor, periodista y crítico literario Hernando Téllez, nace en Bogotá en 1908; muere en el año 1966. Inicia su carrera como periodista en la revista Universidad de la mano de Germán Arciniegas, lo cual le permite ser parte del círculo intelectual bogotano del cual sobresalen Eduardo Zalamea, Eduardo Caballero Calderón entre otros. Posteriormente colabora en diario El Tiempo. En 1946 pública su primera obra Inquietud del mundo; luego Bagatelas (1944), Diario (1946) y Luces en el Bosque (1946) que está dividido en “Teorías”, “Pecados” y “Bagatelas”. De este último es sustraído “Bagatela de la Infancia”. También es destacado crítico literario y ensayista que abarcó temas como la literatura, la sociedad, la política y la vida cotidiana. Con una sensibilidad humana innegable, Téllez hace gala de una prosa fluida y sin pretensiones, que logra despertar la reflexión en el lector y acercarlo a la cotidianidad y ¿Por qué no? Consigo mismo. Pese a que en la actualidad su obra no tiene mucho eco, vale la pena sacar a la luz su legado y conocer más a fondo su pensamiento, para las futuras generaciones de lectores.

Con el título Bagatela de la infancia, Téllez, con una prosa sencilla, nos traslada al lugar más recóndito de nuestra infancia, evocando a través de sus impresiones personales, aquella época tan importante -aunque a veces desestimada- para el hombre, como lo es la primera etapa de su vida. En la primera parte del texto nos ubica en una situación cotidiana observada por el narrador que ve a unos niños jugando felices en la playa; lo cual lo lleva a reflexionar sobre “la felicidad” que se hace esquiva cuando somos adultos, pero que es parte casi indiscutible en la época de la niñez. En primera instancia esto puede referirnos a un idilio muy corto en nuestras vidas; por otro lado no sería necesariamente de esa manera, cuando este concepto de felicidad infantil está lleno de ambigüedades. Posteriormente nos damos cuenta a través del autor, que la infancia no es precisamente un idilio para muchos seres humanos, en este caso hombres de letras como Sthendal y Proust quienes probablemente tendrían opiniones en contra de ese concepto.

Partiendo de conceptos diferentes, teniendo en cuenta que es un tema que no se puede totalizar, el autor establece un paralelo importante, lleno de contrastes sobre la infancia y la posterior vida adulta, llevando al lector a la reflexión acerca de este tema. El hombre adulto ha olvidado su infancia y no logra comprender al niño, incluso de forma deliberada puede causarle dolor y sufrimiento. La mayoría de las veces se mueven en corrientes diferentes; por un lado “la marcada arbitrariedad infantil” y por otro lado “la lógica excesiva y los miramientos de los mayores” como en el texto de Baudelaire Moral del juguete, cuando el niño Charles Baudelaire quiere tomar el juguete más bonito y costoso que ve en una habitación, propiedad de una dama, quién quiere obsequiarle el juguete que el escoja; pero su madre preocupada por la indiscreción le increpa por su decisión, haciéndolo desistir de llevarse el juguete más caro, aunque fuera el que más le había gustado a Baudelaire. A manera de ejemplo, Téllez cita algunas obras literarias que contienen una dinámica conflictiva mucho más compleja como en “David Copperfield” de Charles Dickens, que es el vivo retrato de la infelicidad y el sufrimiento del que puede ser víctima un niño; así mismo como esto puede dejar huellas físicas y psicológicas en la vida del hombre.

Pese a que la felicidad no va indefectiblemente unida a la infancia, en su defensa el autor resalta cualidades como la pureza y la sinceridad, que perdemos en la vida adulta como el amor sincero, la confianza, la capacidad de asombro por las cosas más sencillas, pero hermosas de la vida; y por supuesto la capacidad de comunicarnos efectivamente con el otro. El adulto las reemplaza por el fingimiento, la conveniencia y una lógica desmedida hacía las cosas más simples de la vida. A partir del texto, es la impresión que a grandes rasgos tenemos como lectores al mirar atrás y vernos ahora, irreconocibles llevados por la marea de la sociedad de consumo, la banalidad y el individualismo.

Al final nos deja la inquietud “Pero este esquivo secreto de la infancia, la clave última de la alegría y del dolor de esa edad, ¿quién ha podido descifrarlo?” ciertamente es algo que no se puede delimitar a su época ni a la nuestra. Han pasado muchos años desde que Téllez hizo esta observación clara y real de la infancia y la felicidad, que se hacía cada vez mas imposible de alcanzar en tiempos de la segunda guerra mundial, donde se estaba abriendo un nuevo capítulo en la historia del hombre y que traería en poco tiempo un frenesí de cambios cada vez más difíciles de asimilar como familia y sociedad.

Actualmente la infancia, va cediendo terreno a una vida adulta más temprana, con factores tan evidentes como el abandono, la soledad, los conflictos sociales y culturales, que convierten cada día en una utopía el ser por primera y única vez feliz en esa etapa de la vida. “Bagatela de la infancia” es un texto que logra remover esas emociones, historias y sueños que se fueron para siempre con nuestra infancia y que ahora no son más que recuerdos.

Con un estilo directo, sencillo y sin pretensiones, Téllez demuestra una gran sensibilidad y tacto, para temas tan cotidianos y minimizados como la infancia; en un texto hermoso cargado de significados. En tiempos de caos y confusión donde ya no queda tiempo para pensar ni para ser niño; solo para crecer lo más pronto posible y hacer parte del engranaje social que destruye al niño que llevamos por dentro. La felicidad es del color del dinero, y muy probablemente jamás podríamos volver a conformarnos con un juguete, un trozo de tela o la sonrisa amable de una persona. O como el ciudadano Kane en nuestro lecho de muerte, reconozcamos que alguna vez fuimos felices tan solo siendo niños.