
Evocación de la infancia
“Nos hacemos hombres, nos hacemos viejos, maduramos principal y casi exclusivamente para mentir, para disimular, para fingir acerca del amor, de la amistad, del aprecio…”
Hernando Téllez
(Bagatela de la infancia)
Escritor, periodista y crítico literario Hernando Téllez, nace en Bogotá en 1908; muere en el año 1966. Inicia su carrera como periodista en la revista Universidad de la mano de Germán Arciniegas, lo cual le permite ser parte del círculo intelectual bogotano del cual sobresalen Eduardo Zalamea, Eduardo Caballero Calderón entre otros. Posteriormente colabora en diario El Tiempo. En 1946 pública su primera obra Inquietud del mundo; luego Bagatelas (1944), Diario (1946) y Luces en el Bosque (1946) que está dividido en “Teorías”, “Pecados” y “Bagatelas”. De este último es sustraído “Bagatela de la Infancia”. También es destacado crítico literario y ensayista que abarcó temas como la literatura, la sociedad, la política y la vida cotidiana. Con una sensibilidad humana innegable, Téllez hace gala de una prosa fluida y sin pretensiones, que logra despertar la reflexión en el lector y acercarlo a la cotidianidad y ¿Por qué no? Consigo mismo. Pese a que en la actualidad su obra no tiene mucho eco, vale la pena sacar a la luz su legado y conocer más a fondo su pensamiento, para las futuras generaciones de lectores.
Con el título Bagatela de la infancia, Téllez, con una prosa sencilla, nos traslada al lugar más recóndito de nuestra infancia, evocando a través de sus impresiones personales, aquella época tan importante -aunque a veces desestimada- para el hombre, como lo es la primera etapa de su vida. En la primera parte del texto nos ubica en una situación cotidiana observada por el narrador que ve a unos niños jugando felices en la playa; lo cual lo lleva a reflexionar sobre “la felicidad” que se hace esquiva cuando somos adultos, pero que es parte casi indiscutible en la época de la niñez. En primera instancia esto puede referirnos a un idilio muy corto en nuestras vidas; por otro lado no sería necesariamente de esa manera, cuando este concepto de felicidad infantil está lleno de ambigüedades. Posteriormente nos damos cuenta a través del autor, que la infancia no es precisamente un idilio para muchos seres humanos, en este caso hombres de letras como Sthendal y Proust quienes probablemente tendrían opiniones en contra de ese concepto.
Partiendo de conceptos diferentes, teniendo en cuenta que es un tema que no se puede totalizar, el autor establece un paralelo importante, lleno de contrastes sobre la infancia y la posterior vida adulta, llevando al lector a la reflexión acerca de este tema. El hombre adulto ha olvidado su infancia y no logra comprender al niño, incluso de forma deliberada puede causarle dolor y sufrimiento. La mayoría de las veces se mueven en corrientes diferentes; por un lado “la marcada arbitrariedad infantil” y por otro lado “la lógica excesiva y los miramientos de los mayores” como en el texto de Baudelaire Moral del juguete, cuando el niño Charles Baudelaire quiere tomar el juguete más bonito y costoso que ve en una habitación, propiedad de una dama, quién quiere obsequiarle el juguete que el escoja; pero su madre preocupada por la indiscreción le increpa por su decisión, haciéndolo desistir de llevarse el juguete más caro, aunque fuera el que más le había gustado a Baudelaire. A manera de ejemplo, Téllez cita algunas obras literarias que contienen una dinámica conflictiva mucho más compleja como en “David Copperfield” de Charles Dickens, que es el vivo retrato de la infelicidad y el sufrimiento del que puede ser víctima un niño; así mismo como esto puede dejar huellas físicas y psicológicas en la vida del hombre.
Pese a que la felicidad no va indefectiblemente unida a la infancia, en su defensa el autor resalta cualidades como la pureza y la sinceridad, que perdemos en la vida adulta como el amor sincero, la confianza, la capacidad de asombro por las cosas más sencillas, pero hermosas de la vida; y por supuesto la capacidad de comunicarnos efectivamente con el otro. El adulto las reemplaza por el fingimiento, la conveniencia y una lógica desmedida hacía las cosas más simples de la vida. A partir del texto, es la impresión que a grandes rasgos tenemos como lectores al mirar atrás y vernos ahora, irreconocibles llevados por la marea de la sociedad de consumo, la banalidad y el individualismo.
Al final nos deja la inquietud “Pero este esquivo secreto de la infancia, la clave última de la alegría y del dolor de esa edad, ¿quién ha podido descifrarlo?” ciertamente es algo que no se puede delimitar a su época ni a la nuestra. Han pasado muchos años desde que Téllez hizo esta observación clara y real de la infancia y la felicidad, que se hacía cada vez mas imposible de alcanzar en tiempos de la segunda guerra mundial, donde se estaba abriendo un nuevo capítulo en la historia del hombre y que traería en poco tiempo un frenesí de cambios cada vez más difíciles de asimilar como familia y sociedad.
Actualmente la infancia, va cediendo terreno a una vida adulta más temprana, con factores tan evidentes como el abandono, la soledad, los conflictos sociales y culturales, que convierten cada día en una utopía el ser por primera y única vez feliz en esa etapa de la vida. “Bagatela de la infancia” es un texto que logra remover esas emociones, historias y sueños que se fueron para siempre con nuestra infancia y que ahora no son más que recuerdos.
Con un estilo directo, sencillo y sin pretensiones, Téllez demuestra una gran sensibilidad y tacto, para temas tan cotidianos y minimizados como la infancia; en un texto hermoso cargado de significados. En tiempos de caos y confusión donde ya no queda tiempo para pensar ni para ser niño; solo para crecer lo más pronto posible y hacer parte del engranaje social que destruye al niño que llevamos por dentro. La felicidad es del color del dinero, y muy probablemente jamás podríamos volver a conformarnos con un juguete, un trozo de tela o la sonrisa amable de una persona. O como el ciudadano Kane en nuestro lecho de muerte, reconozcamos que alguna vez fuimos felices tan solo siendo niños.
“Nos hacemos hombres, nos hacemos viejos, maduramos principal y casi exclusivamente para mentir, para disimular, para fingir acerca del amor, de la amistad, del aprecio…”
Hernando Téllez
(Bagatela de la infancia)
Escritor, periodista y crítico literario Hernando Téllez, nace en Bogotá en 1908; muere en el año 1966. Inicia su carrera como periodista en la revista Universidad de la mano de Germán Arciniegas, lo cual le permite ser parte del círculo intelectual bogotano del cual sobresalen Eduardo Zalamea, Eduardo Caballero Calderón entre otros. Posteriormente colabora en diario El Tiempo. En 1946 pública su primera obra Inquietud del mundo; luego Bagatelas (1944), Diario (1946) y Luces en el Bosque (1946) que está dividido en “Teorías”, “Pecados” y “Bagatelas”. De este último es sustraído “Bagatela de la Infancia”. También es destacado crítico literario y ensayista que abarcó temas como la literatura, la sociedad, la política y la vida cotidiana. Con una sensibilidad humana innegable, Téllez hace gala de una prosa fluida y sin pretensiones, que logra despertar la reflexión en el lector y acercarlo a la cotidianidad y ¿Por qué no? Consigo mismo. Pese a que en la actualidad su obra no tiene mucho eco, vale la pena sacar a la luz su legado y conocer más a fondo su pensamiento, para las futuras generaciones de lectores.
Con el título Bagatela de la infancia, Téllez, con una prosa sencilla, nos traslada al lugar más recóndito de nuestra infancia, evocando a través de sus impresiones personales, aquella época tan importante -aunque a veces desestimada- para el hombre, como lo es la primera etapa de su vida. En la primera parte del texto nos ubica en una situación cotidiana observada por el narrador que ve a unos niños jugando felices en la playa; lo cual lo lleva a reflexionar sobre “la felicidad” que se hace esquiva cuando somos adultos, pero que es parte casi indiscutible en la época de la niñez. En primera instancia esto puede referirnos a un idilio muy corto en nuestras vidas; por otro lado no sería necesariamente de esa manera, cuando este concepto de felicidad infantil está lleno de ambigüedades. Posteriormente nos damos cuenta a través del autor, que la infancia no es precisamente un idilio para muchos seres humanos, en este caso hombres de letras como Sthendal y Proust quienes probablemente tendrían opiniones en contra de ese concepto.
Partiendo de conceptos diferentes, teniendo en cuenta que es un tema que no se puede totalizar, el autor establece un paralelo importante, lleno de contrastes sobre la infancia y la posterior vida adulta, llevando al lector a la reflexión acerca de este tema. El hombre adulto ha olvidado su infancia y no logra comprender al niño, incluso de forma deliberada puede causarle dolor y sufrimiento. La mayoría de las veces se mueven en corrientes diferentes; por un lado “la marcada arbitrariedad infantil” y por otro lado “la lógica excesiva y los miramientos de los mayores” como en el texto de Baudelaire Moral del juguete, cuando el niño Charles Baudelaire quiere tomar el juguete más bonito y costoso que ve en una habitación, propiedad de una dama, quién quiere obsequiarle el juguete que el escoja; pero su madre preocupada por la indiscreción le increpa por su decisión, haciéndolo desistir de llevarse el juguete más caro, aunque fuera el que más le había gustado a Baudelaire. A manera de ejemplo, Téllez cita algunas obras literarias que contienen una dinámica conflictiva mucho más compleja como en “David Copperfield” de Charles Dickens, que es el vivo retrato de la infelicidad y el sufrimiento del que puede ser víctima un niño; así mismo como esto puede dejar huellas físicas y psicológicas en la vida del hombre.
Pese a que la felicidad no va indefectiblemente unida a la infancia, en su defensa el autor resalta cualidades como la pureza y la sinceridad, que perdemos en la vida adulta como el amor sincero, la confianza, la capacidad de asombro por las cosas más sencillas, pero hermosas de la vida; y por supuesto la capacidad de comunicarnos efectivamente con el otro. El adulto las reemplaza por el fingimiento, la conveniencia y una lógica desmedida hacía las cosas más simples de la vida. A partir del texto, es la impresión que a grandes rasgos tenemos como lectores al mirar atrás y vernos ahora, irreconocibles llevados por la marea de la sociedad de consumo, la banalidad y el individualismo.
Al final nos deja la inquietud “Pero este esquivo secreto de la infancia, la clave última de la alegría y del dolor de esa edad, ¿quién ha podido descifrarlo?” ciertamente es algo que no se puede delimitar a su época ni a la nuestra. Han pasado muchos años desde que Téllez hizo esta observación clara y real de la infancia y la felicidad, que se hacía cada vez mas imposible de alcanzar en tiempos de la segunda guerra mundial, donde se estaba abriendo un nuevo capítulo en la historia del hombre y que traería en poco tiempo un frenesí de cambios cada vez más difíciles de asimilar como familia y sociedad.
Actualmente la infancia, va cediendo terreno a una vida adulta más temprana, con factores tan evidentes como el abandono, la soledad, los conflictos sociales y culturales, que convierten cada día en una utopía el ser por primera y única vez feliz en esa etapa de la vida. “Bagatela de la infancia” es un texto que logra remover esas emociones, historias y sueños que se fueron para siempre con nuestra infancia y que ahora no son más que recuerdos.
Con un estilo directo, sencillo y sin pretensiones, Téllez demuestra una gran sensibilidad y tacto, para temas tan cotidianos y minimizados como la infancia; en un texto hermoso cargado de significados. En tiempos de caos y confusión donde ya no queda tiempo para pensar ni para ser niño; solo para crecer lo más pronto posible y hacer parte del engranaje social que destruye al niño que llevamos por dentro. La felicidad es del color del dinero, y muy probablemente jamás podríamos volver a conformarnos con un juguete, un trozo de tela o la sonrisa amable de una persona. O como el ciudadano Kane en nuestro lecho de muerte, reconozcamos que alguna vez fuimos felices tan solo siendo niños.
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