
“De lo que tengo miedo es de tu miedo”
William Shakespeare
William Shakespeare
Hay sucesos perturbadores en la vida de un ser humano que pueden dejar una huella imborrable, aún con el paso del tiempo. De una pequeña gama de “horrores” que viví en mi infancia, uno en especial me lo recuerdan todos los días los noticieros, las portadas de la prensa amarillista y una que otra voz, siendo inevitable traer al presente ese suceso.
Recuerdo como si fuera ayer, un martes al mediodía después de salir del colegio en compañía de Luz Dary, como nos dirigimos al paradero de buses a esperar la ruta de regreso a casa. Justamente enfrente del lugar donde nos encontrábamos, pasando la carretera, se encontraba una tienda de abarrotes atendida por una mujer algo gorda que estaba detrás del mostrador; del otro lado estaba un hombre joven, de contextura gruesa y que vestía una camisilla y pantaloneta. Sostenía en su mano izquierda una cerveza, mientras con el brazo derecho se apoyaba a un tarro lleno de traperos y escobas. Parecían conversar y reírse a gusto. Yo observaba curiosamente la escena, como si se tratara de una telenovela.
En ese mediodía caluroso de risitas, armonía y cerveza aparece en cuestión de segundos, como salido de una secuencia de película de terror un hombre joven, muy delgado y sin camisa, quién corre frenéticamente en dirección a la tienda de abarrotes. Se detiene justo enfrente del hombre de la cerveza, desde la parte de afuera de la tienda y le descarga dos tiros en la cabeza. Inmediatamente después a la misma velocidad de las balas, sale corriendo y se escabulle por la siguiente cuadra. No recuerdo muy bien que sentí en ese momento. Algo seguro es que no era miedo sino otra cosa que me impulsaba a acercarme. Mi curiosidad infantil era más grande que todas las amenazas y advertencias de Luz Dary, así que decididamente, sin que ella pudiera evitarlo, crucé la carretera rumbo a la tienda de abarrotes. Fui la primera en llegar y ver aquella típica escena que se aprecia en todo su esplendor en la primera plana de un diario amarillista: hombre tirado sobre un charco de sangre, con un agujero enorme en la cabeza; los pedazos de la botella de cerveza desparramados sobre el occiso; mujer del mostrador gritando como una histérica ¡lo mataron!, ¡lo mataron!
Aquel suceso del cual las circunstancias cotidianas me hicieron testigo accidental, fue el comienzo de noches de insomnio, pesadillas, imágenes repetidas del muerto y peor aún, del asesino. Por mucho tiempo creí ver rondando cerca del colegio al hombre sin camisa, que me buscaba para hacerme lo mismo que a aquel hombre de la tienda de abarrotes. Creo que nunca había sentido tanto miedo, al sentirme perseguida por alguien que al mínimo descuido descargaría sin problema su ira y sus balas contra mí. El miedo al homicidio, a los jóvenes de piel cobriza, altos y sin camisa que me remiten inmediatamente a la figura del asesino; el miedo a ver morir de esa forma a un ser amado; el miedo a volver a vivir esa situación.
A la edad de ocho años aprendí a ver el mundo con otros ojos. El lado extremadamente cruel que no había visto en los dibujitos animados ni en las películas de Disney. El horror de ese día se llevó una parte importante de mi infancia; me hundió en depresiones que sólo seguirían acentuándose con el paso del tiempo, pese a todos los esfuerzos maternos por consolarme. Tardé mucho tiempo en comprender algunas cosas, como por ejemplo que era “normal” que mucha gente muriera así y que esas escenas se repitieran a diario en todo el mundo; según mi papá, muchas de las personas que encontraban el final de sus vidas de esa manera, no eran correctas y por “pícaras” era la muerte que les tocaba. Al final, terminaría por acostumbrarme a los homicidios que salen como noticias de primera plana en la prensa amarilla, en los noticieros, en las voces de la gente en la las esquinas de los barrios…
Lo bello de la infancia es que hay cosas que se olvidan o se ignoran fácilmente, para no sufrir como los adultos. En un par de meses yo me sentía mejor, no como antes, pero me recobraba poco a poco. Así que seguí creciendo y viviendo otras cosas que ocuparon mi atención, pero aún así, el monstruo al cual abrí la puerta de mi corazón cuando tenía ocho años, aquel martes al mediodía, aún está aquí, a veces dormido y otras veces alerta para perturbarme. El miedo escondido que aflora en la forma de homicidio. Me he habituado a ese miedo; he aprendido a vivir con él; lo que no he aprendido es a controlarlo, es algo crónico, un mal que nunca se va.
Aunque me pregunto: ¿Que pasaría hoy en día si volviera a vivir una situación similar? Ya no soy una niña que puede dejar atrás con una muñeca, halago o abrazo algo tan perturbador. Pero soy una adulta que ya está en la obligación de luchar contra el miedo y las adversidades de la vida. Que no se puede negar o encerrarse de por vida, por el temor de enfrentar algo que la asusta.
Si pudiera cambiar algo, no sería el temor que vive conmigo, sino aquel martes, en que mi curiosidad infantil, le abrió las puertas al horror, el delirio de persecución y esas imágenes de muerte y homicidio en las cuales veo a muchos seres amados y a mí misma.
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