“La ociosidad es la madre de todos los vicios, las telenovelas, el vicio de todas las madres”.
ANÓNIMO
“Me voy a ver la telenovela”, solía decir mi mamá cuando estábamos a la mitad de algo importante como una conversación, cena familiar o chisme. Por lo general, siempre hay una telenovela (o desgraciadamente muchas) en medio de una familia y por supuesto en la cabeza de toda ama de casa que se respete. Está presente al desayuno, almuerzo y comida; parece imposible librarse de su influjo maligno en nuestros hogares.
¿Cómo no odiar a las telenovelas?, cuando han dejado una conversación importante a medio camino; el teléfono sonar insistentemente; al esposo parado en el umbral de la puerta a la espera de que “alguien” le deje entrar… Como no, cuando han forjado una falsa realidad en nuestras mentes (en especial la femenina) y nos atormentan día a día con sus dramas tremendamente repetitivos.
Aquellos “dramas” televisados tienen el mérito de sacar a su fiel público, tiempo de donde no hay, sentimientos de todo tipo y arrancar una que otra lágrima, con sus frases inolvidables: “No quiero volver a verte”, “¡Juro que te vas a arrepentir!”, “¡Te amé, desde el primer momento que te vi!”… Por supuesto no le pueden hacer falta sus protagonistas sufridas, envueltas en un amor imposible (¡Cuando no!); la “bruja” de la historia, encargada de inventar las intrigas; tramas familiares ridículas: “Alejandro, ese hombre que tanto odias, es tu verdadero padre”… En fin, historias inocentes que pueden sacar de quicio a cualquier persona que tenga un poco de sentido común y pueda discernir más allá de lo evidente. Historias “inocentes” que han deformado la realidad y el concepto de amor, relaciones y superación.
Para un público mayoritariamente femenino, estos dramas televisados se convierten en una ventana al mundo. La historia arquetípica de la telenovela ha arraigado en millones de mujeres (amas de casa y desocupadas) conceptos errados sobre el amor, la vida y la realidad. Gracias a las telenovelas (producto también de la televisión canguro) muchas mujeres fuimos víctimas de la premisa “la vida es una telenovela”, aprendiendo a pensar y a creer en soluciones mágicas, hombres maravillosos (el príncipe azul), golpes de suerte inesperados y una vida mejor sin mucho esfuerzo más que el llorar por todo y ser muy bonita.
A pesar de explotar la más superficial de nuestra condición, las benditas telenovelas y sus repetidas (hasta el cansancio) historias de amor, parecen no tener fin. Están más vivas que nunca en la televisión, carteles publicitarios, radio, prensa; en boca del vecino, amigo o familiar… Demostrando que sí es posible sacar un producto estable, aunque carente de ideas nuevas y argumentos y mantenerlo en la cima por mucho tiempo, adaptándose a las dinámicas actuales de gustos, modas y preferencias o imponiendo (en algunos casos de manera desastrosa) nuevas tendencias. Un producto con el poder de establecer conceptos, captar masivamente la atención de un público y distraerlo de cuestiones muchísimo más relevantes. Dramas que parecen más a un cuento de hadas moderno, con escenas candentes, violencia, tonterías y lágrimas derramadas sin sentido.
El pasar del tiempo sólo ha hecho que el “producto” televisado, favorito de las amas de casa se degrade cada vez más. No les basta solamente con sus historias arquetípicas de siempre, sino que ahora, en calidad de tiempos de la silicona y nada de materia gris, han reemplazado a luminarias de la actuación como Teresa Gutiérrez y Delfina Guido (por nombrar algunas actrices), quienes otorgaban un poco mas de dignidad a los culebrones, con sus excelentes interpretaciones, por estrellitas fugaces salidas de “Realitys Shows”, modelitos y reinas que saben más de astrofísica que de actuación.
La telenovela es hoy el reflejo del facilismo, inocentada y estupideces que siguen propagándose como pólvora en todos nuestros hogares. Son las cortinas que enceguecen la mente femenina en muchos rincones del mundo, además, enfrentada desde su más tierna infancia a las historias televisadas, que hacen las veces de padres y maestros de la vida. A reflejar su vida en los ejemplos más absurdos y creer sinceramente que “la vida es una telenovela”, enseñándoles a creer en “milagros inesperados”, “príncipes azules modernos que hoy viajan en muranos”… No faltará quién por ahí se crea la versión real de “Yo soy Betty La Fea”, o la luchadora y atrevida “Gaviota” de la muy popular “Café con Aroma de Mujer”, y ¿Por qué no? Algún hombre que quiera ser tan guapo y varonil como el “Calixto Salguero” de la telenovela “Las Juanas”. Nada de extraño (pues ni los hombres salen también librados).
De todo hay en el mundo y de la gran viña que son las repetidas telenovelas, seguirán bebiendo muchas amas de casa desesperadas, quienes verán en ellas un medio de escape a sus circunstancias; todo lo que soñaron y no pudieron ser, el hombre maravilloso que hubieran querido tener; el reconocimiento y la aventura. Todas esas cosas y demás que seguirán aumentando el rating de dichas historias. Así que el tormento de las telenovelas nos perseguirá en nuestros hogares, hasta el final de nuestros días.

